




El “Gringo Saavedra”, era un mocetón lleno de fibras en todo su cuerpo, se jactaba de sacar punche, que mostraba en sus fornidos brazos a flor de piel. Era de musculatura recia y podía desafiar a cualquiera. Tenía una estampa de boxeador de peso gallo, cuando se ponía en guardia para mostrar su cuerpo lleno de músculos y recordaba su pasado en las tierras sureñas que lo vieron moldear su atlética figura.
Se vanagloriaba de ser capaz de domar a los caballos más chúcaros, en los campos de su recordado Renaico.
El “Gringo Saavedra”, vio la luz del mundo en Nacimiento, cerca de Los Angeles, después su infancia y adolescencia transcurrió en Renaico. Nos cuenta que su deseo de aprender, lo llevó a cursar hasta Tercero Preparatoria, en una vieja escuelita rural de Angol.
En sus correrías desafiaba a los ríos Malleco, Mininco y Renaico, cruzando sus caudalosas aguas de lado a lado, abriéndose paso por el torrente con sus brazadas de experto nadador y encaraba a las abominables alimañas que merodeaban por el sector.
A los diecisiete años, se enroló en el ejército para cumplir con su servicio militar, en el Regimiento de Caballería de Quillota, esperando tener un mejor destino, frente al devenir diario de la vida, el que fue interrumpido cuando aplicó un puñetazo en pleno mentón a un subteniente que tuvo la osadía de darle un fuerte golpe en la espalda, con un rebenque, mientras un cordón de su bota lo hacía entrar en ira. Cinco soldados debieron detenerlo en su frenético bregar de aniquilamiento del agresor. El “Gringo” no podía soportar tal afrenta. El preciso golpe al mentón, hizo volar por los aires, al mequetrefe insulso. Fue confinado a un calabozo y pasó cinco días a pan y agua, siendo posteriormente dado de baja.
Después de deambular por un tiempo, ingresó a Carabineros de Chile y fue destinado a Arica, llegando a servir a la Segunda Comisaría, ubicada en el sector de la Chimba, entre los barrios ariqueños de Pedro Montt y Chacabuco, en la salida del FFCC. Arica- La Paz y de la Estación de Arica – Tacna.
Aquí, conoció a una hermosa morena, que lo cautivó, desde un principio. Mientras llegaba a la pensión de su casa y entre los menesteres domésticos propios de un lugar de comida, nació el amor que venció por única vez al “Gringo Saavedra”, de cuya unión nacieron tres hijos y le sobreviven seis nietos y tres bisnietos.
Por el año 1950, el “Gringo” fue integrante de la Brigada Antimalárica, que combatía el paludismo, en los sectores rurales de Arica.
En su afán por leer, escudriñaba todos los libros que llegaban a sus manos, lo que lo hizo aquilatar un importante bagaje cultural, siendo capaz de enseñar a leer y escribir a muchos niños y jóvenes de la Precordillera y del Altiplano, en los Retenes en los que realizaba su labor como Carabinero. Todavía, me encuentro con ariqueños, que supieron de sus enseñanzas y recuerdan a ese incipiente profesor rural, cuyo mayor orgullo era haberles enseñado, además; de la lectura y escritura, las cuatro operaciones aritméticas y los valores patrios.
Era un Baqueano, conocía las sendas y los inhóspitos caminos a la perfección. Allá por el Altiplano Chileno, Tignamar, Belén, Chapiquiña, Murmuntani, Socoroma, Putre, Chucuyo, Caquena, Chungará, Guacoyo, Guallatire, Chilcaya, Caritaya, Esquiña y Camarones, supieron de sus recorridos a lomo de mulas y machos, por ignotos pasos y senderos, que lo hicieron merecedor al título de Baqueano de la Frontera. Su fama se fue extendiendo, ya que como nadie conocía las mil mañas, para dominar a la montaña y sus quebradas, en que la experiencia y la naturaleza son las maestras, para vencer el vértigo del abismo en que animal y hombre son uno solo, en una lucha épica contra los elementos geográficos. Por el lado de la línea férrea, supieron de su presencia Central, Puquios, Alcérreca, Villa Industrial, Tacora, Chislluma, General Lagos y Vísviri. También, recorrió y prestó sus servicios en los Retenes de los Valles de Poconchile y San Miguel de Azapa.
Era un verdadero placer, verlo descender a lomo de mula, por la Quebrada de Livílcar, en su recorrido desde Belén, para llegar en su patrullaje al Santuario de la Virgen de Las Peñas.
Así, el “Gringo”, fue venciendo a la geografía del sector, en sus patrullajes por las Quebradas de Palcoalla, Las Cuevas, Sora-Sora, Honda y Ajatama, encontrándose con los bofedales “tipo de vega pantanosa con pastizales húmedos”, con la yareta, los cactus, la paja brava, la queñoa, la tola, la chachacoma, la guacaya, el tamarugo y en la inmensidad del cielo, con el vuelo del cóndor y de las parinas.
Dicen, que el “Gringo”, se bañó varias veces en el Lago Chungará y en las Lagunas del Cotacotani, desafiando el frío, para templar su espíritu indomable, llegando en varias oportunidades a bordear el nacimiento de los Volcanes Pomerape y los Payachatas.
El “Gringo” se enamoró del Altiplano y en esos lugares luchó contra el soroche, la puna y la soledad. Su piel se fue curtiendo con el frío cordillerano al recorrer los parajes en sus patrullajes, en que el zorro, el guanaco, el alpaco, la llama, el quirquincho, la vicuña y la vizcacha eran sus mejores amigos.
Sus nietos cuentan de sus andanzas, en las que enfrentaba al dragón y al puma del Morro de Arica, saliendo siempre airoso, en esas confrontaciones cuerpo a cuerpo.
En su vida llena de contrastes, supo unir el verdor de sus campos del sur con la aridez del desierto nortino.
Era capaz de recitar los poemas de Rubén Darío, “Los Motivos del Lobo” y “A Margarita Debayle”, y les enseñó a sus nietos, varios poesías, los que recuerdan con emoción, después de varios años, el poema de José Rosas Moreno “La Flor y La Nube” y su enseñanza; “no hagas el bien; cuando es muy tarde”.
El “Gringo Saavedra”, dejó de ver su hermosa Arica y el Altiplano, el 20 de Mayo de 1996, y se durmió en su sueño, que lo llevó a cabalgar por los senderos y quebradas que recorrió, para encontrarse nuevamente con el “agua que corre y escurre” de Socoroma, con el “murmullo de agua” de Putre, con la “bahía nueva” de Arica, con el “pedregal” de Codpa, con el “durmiente de espina” de Chapiquiña, con el “corral con asiento” de Chucuyo, con los “musgos en roca” de Chungará, con la “abundancia de guallata” de Guallatire, con la “laguna de flamencos” de Parinacota, con la “tierra fecunda” de Pachama, con la “cosecha” de Esquiña, con la “quebrada” de Belén, con las “algas de río” de Murmuntani, con la “paja fértil” de Poconchile, con la “yuca blanca” de Socoroma, con la “inquietud” de Tacora, con el “lugar florecido” de Tignamar, con el “río solitario” de Zapahuira, con el “zumbido del viento” de Vísviri, montado en su macho blanco, a través de las esferas siderales de la eternidad.
Dedicado a la memoria de mi padre: Rubén Saavedra Peña
Autor: Rubén Saavedra Vásquez
