martes, 8 de julio de 2008

PERROS; PERO FIELES

PERROS; PERO FIELES Ese día, amaneció medio raro. La Solitaria, una mestiza café rubio, se lamía su lado intercostal derecho; parecía que el ponzoñoso quería ganar la batalla, pero ella se resistía con el valor que le daban sus años de perra callejera. Siempre me preguntaba cómo llegó, de dónde surgió. Una cosa es clara, se asiló buscando su canil, para dar a luz; estaba preñada y sus crías a punto de nacer. Ya la había visto, merodeando el sector, en los días previos a parir, cuando quería desalojar a la Negra, del antejardín de la casa y adueñarse de su retablo, para la seguridad de su parición y darle protección a sus crías. Era el cumpleaños del Pablo, la Negra su regalona, era una mestiza que recogí de la calle hace ocho años, se encontraba en el sillón del comedor de verano dormitando su eterno cansancio. La juvenil Pantera, mezcla de labrador y cooker, con su pelaje negro, husmeaba todo el patio en busca de los gatos que interrumpían su quietud. La Dorka, una miniatura de maltesa, saltaba de la cama ladrando para hacer oír su presencia, ya que sus años la acercaban a la senectud. Sacando fuerzas de flaquezas caminaba por el pasillo del patio y llegando al comedor de verano, saltaba y se encaramaba en el sillón, al costado izquierdo de la Negra. Qué historia tendrán todos los perros, serán felices en su cautiverio doméstico, se adaptarán a nuestras costumbres, meditaba mientras miraba a cada una con cariño. Algo me hizo cambiar en la vida, acerca de la opinión que tenía de ellos. Me parece que fue la Dorka, la que me produjo una atracción sin igual. La que visualizó un sentimiento hacia la naturaleza en todo su esplendor. Hay perros de muchos tipos, los hay de raza, de pedigree, de casta y de estirpe; pero de todos me quedo con los quiltros. Esos callejeros que nacen de perras flacas y tristes. Esos pobres de sangre y de estampa, que buscando un mendrugo están destinados a comer basura de esquina en esquina. Siempre están ahí, no hay un acontecimiento que se precie de tal, sin la presencia de un perro. En los desfiles, en la fiestas populares, en los campeonatos de fútbol, en los funerales, en los cambios presidenciales de La Moneda. Ellos, están allí y hacen sentir su presencia, que distinto sería el mundo sin los perros; compañeros inseparables del hombre. Ellos no saben de clases sociales, acompañan a un mendigo, con la misma fidelidad, que a un gran señor. Recorren las calles, entregando la compañía necesaria a los vagabundos y se convierten en sus inseparables lazarillos. En su devenir marcan momentos inolvidables, el quiltro chileno es único y fue capaz de ingresar a la cancha, en dos ocasiones, mientras se desarrollaba el Campeonato Mundial de Fútbol de 1962. Fue en el Estadio Sausalito de Viña del Mar, en los partidos de Brasil con Inglaterra y de Checoslovaquia con Yugoslavia. Durante el desarrollo del partido, el jugador inglés Jimmy Greaves, en cuclillas y agazapado, lo pudo tomar, para sacarlo del campo de juego. Dicen, que a ese perro negro, los brasileños se lo llevaron de mascota, ya que les trajo suerte y se encuentra embalsamado, en una de las vitrinas de la Confederación Brasileña de Fútbol, como su más preciado trofeo. Que decir del perro Pickles, que fue capaz de encontrar, la copa Jules Rimet, sustraída días antes del inicio del Campeonato Mundial de Fútbol de 1966, en Inglaterra, entremedio de unos matorrales de Londres. No puedo dejar de mencionar, a la mártir de la carrera espacial del hombre, la perra Laika. La que ladra en ruso, emprendió su viaje sin retorno, en el cohete “Sputnik”, que llevaba su única tripulante a bordo, despegando de la Tierra, el 3 de Noviembre de 1957. Así Laika, una pequeña perra sin raza, recogida de las calles de Moscú, se convertía en la primera pasajera de un viaje al espacio de la Historia. Un día leyendo la prensa, quedé impresionado por un acto de fidelidad a toda prueba. Un sujeto fue abatido por la policía y su perro permaneció al lado del cadáver, por varias horas, no dejando que nadie se acercara a su alrededor, hasta que tuvo que ser sacrificado, para que siguiera el procedimiento de rigor. Cómo no mencionar, a los perros policiales, a los guardianes, los perros guías de ciegos y discapacitados, los que detectan drogas, los perros rastreadores que ayudan en siniestros y terremotos, buscando a personas atrapadas y cadáveres. Así me encuentro, con el “Perro Cojo” de Manuel Benítez Carrasco, el “Perro Vagabundo” de Carlos Pezoa Véliz, el “Callejero” de Alberto Cortés. Los perros, siempre los perros. El galgo Timmy fue el perro más prolífico del que se tenga conocimiento, engendró tres mil cachorros. El perro de San Roque, es el símbolo de la fidelidad, cuidó al santo cuando éste, apestado, se aisló para morir. El ovejero alemán Rin Tin Tin y la collie Lassie protagonizaron famosas series en el cine. Los canes creados por la fantasía en la literatura, las historietas y los dibujos animados. Una galería integrada por Colmillo Blanco, de Jack London; el sabueso Snoopy; Scotty, de La dama y el vagabundo; Pluto y Goofy, clásicas criaturas de Walt Disney; Patán, el de la risa ahogada; Colmillo, el perro espía de la serie El Superagente 86, Beethoven el San Bernardo que ha protagonizado varias películas. El reconocido Nipper, el bull terrier que escuchaba “la voz del amo” en los viejos gramófonos RCA Víctor, los tocadiscos del ayer. Chocolate, el perro callejero de Punta Arenas, que se paseaba por las calles de la austral ciudad, fue asesinado a puñaladas por un sujeto desconocido. La comunidad conmovida por tan cruel hecho, se organiza para erigirle un monumento en su recuerdo. Cierto día, quedé sobresaltado, al ver unas fotos de una exposición del fotógrafo uruguayo Naul Ojeda que conmemora los 100 años del Presidente Salvador Allende. En una de ellas, se muestra al Palacio La Moneda, después del golpe militar, destruido por el sector de la calle Morandé, por los efectos de los bombardeos del 11 de Septiembre de 1973 y entremedio de las ruinas se ve la figura de un perro negro, mudo testigo de la crueldad de aquel aciago día, que interrumpió el proceso democrático en Chile. El Rucio, el perro que sobrevivió a la matanza, en los alrededores de La Moneda, antes de la asunción presidencial de Michelle Bachelet. Spike, el popular y simpático perro, rostro de la publicidad de Lipigas. Chocolate, un perrito con atrofia muscular, en sus patas traseras, que se quedó a vivir en las dependencias del Supermercado Santa Isabel, de la calle Santa María de Arica y es el regalón de los funcionarios y clientes que acuden al local comercial. La fidelidad del perro callejero recibió su merecido homenaje en una de las estaciones del metro del frío Moscú. “Compasión” es el nombre de la obra del escultor Alexandre Tsigal y el arquitecto Andréi Nalich, que se encuentra en un paseo subterráneo junto al vestíbulo de la estación Mendeléieskaya. En el mismo lugar, fue asesinado un perro callejero que era la mascota de los empleados del metro. La muerte del can, bautizado como Málchik (Niño), por los funcionarios del metro, acaparó titulares de la prensa y logró conmocionar a la opinión pública, surgiendo entre artistas y escritores, la idea de pedir a la gerencia del metro de Moscú, un espacio para homenajear a los perros callejeros del mundo. Fui sobresaltado por los ladridos de la Pantera, un gato pasaba por el techo de la casa y todas ladrando defendían su propiedad del intruso que merodeaba por allí. Son guardianas a toda prueba y defienden su territorio. Allí, me doy cuenta que se comunican y reafirman su rango, por medio de posturas y un lenguaje corporal específico, para asumir su responsabilidad en la manada. En su parición, la Solitaria dio a luz ocho cachorros, a los que amamantó y crió con una dulzura sin igual. Nadie se podía acercar a su canil, excepto yo, para darle su comida y agua. Cualquier intruso que se acercaba, era perseguido con una bravura de perra defensora de su camada. Me recuerdo que incluso días previos a su alumbramiento, la había echado del sector, ahuyentándola a gritos, pero ella ya tenía elegido el lugar preciso para cuidar a sus cachorros. Los cachorros nacieron el 10 de Septiembre de 1998. Al salir de mi casa, observé a la Negra fuera de su canil y al acercarme veo a una perra pariendo su tercera cría. Así, la Solitaria pasó a ser un miembro más de nuestra familia. La perra fiera, se convirtió en una dócil y obediente integrante del clan perruno. La Dorka, la miniatura que cabía en una caja de zapatos, con su señorío y garbo se hacía respetar como la líder de la manada, dando órdenes a través de sus ladridos, gestos y movimientos de su cola. Era capaz de desafiar a perros de mayor tamaño e incluso a pastores alemanes; cuando salía a la calle con su cadena, siendo que parecía un llavero. Nos acompañó, por casi dieciséis años, sumiéndonos en una eterna pena el día de su partida, sobretodo a mi hija Gina, que la recibió con escasos días de nacida. La Negra, recogida de la calle, siendo una cachorra de una semana. Se encontraba llena de garrapatas y fue atendida con una inmensa ternura por mi esposa Gina, que con paciencia infinita, sacó cada una de las intrusas de su cuerpo. Será por eso, que la Negra le prodiga un cariño a toda prueba y la sigue al lugar en que ella se encuentre por la casa y la espera en el antejardín, cada vez que sale. Gimiendo de alegría y dando saltos al percibir su regreso. Así, entrega su gratitud hacia quién la libró de esas abominables alimañas parásitas. La Negra, lleva diez años con nosotros y es la regalona de mi hijo Pablo. La Pantera, la irreverente, tiene una lucha constante con todo lo establecido y sus bríos juveniles le dan el impulso necesario para hacer de las suyas y sacarnos de nuestras casillas. Ese baloncito de inquietud nos acompaña por seis años. La Solitaria, la aparecida, la callejera, haciendo uso de todas sus artimañas aprendidas en la calle cuidaba de su prole. Los perritos crecían y al cumplir los dos meses empezamos a regalarlos. Había uno negro entero, que me llamó la atención desde un comienzo y pese a todas las insinuaciones de mi esposa se quedó en la casa. Lo bauticé con el nombre de Pelé, era un perro negro grande y hermoso, que corría ondulando su cuerpo y más parecía un centro delantero de los antiguos por sus desplazamientos y arremetidas briosas. Era un gusto sin igual verlo correr. En una de sus correrías nocturnas contrajo una infección y a los once meses de vida, pese a nuestro dolor, con un veredicto veterinario, debió ser sacrificado. El Pelé recorre las esferas siderales en el jardín de nuestra casa. La Solitaria, que llegó con seis años y nos brindó casi diez años de su existencia, luchaba contra su tumor y en dos ocasiones fue operada, pero el maldito seguía sin irse. También, fue operada para extirparle su útero, debido a una vaginitis. Algunas llagas comenzaron a aparecer, pero con el tratamiento veterinario empezaba a recuperarse. Mientras nos encontrábamos de vacaciones en Los Lagos y las perrita estaban al cuidado de Jaime, un envenenamiento fulminante truncó la vida de la Solitaria. Pese a su lucha, la Solitaria emprendió el camino hacia el cielo de los perros para dormir su sueño eterno. No teniendo manera de expresar el dolor por esa partida, logro mitigar la pena, entendiendo que en el nacimiento de Jesús, estuvo presente un perro. En ese acontecimiento tan importante que marcó la historia de la humanidad no podían faltar. Porque estoy seguro que Dios vio el mundo a través de los ojos de los perros. Son únicos, un perro ingresó a la cancha en el Estadio Carlos Dittborn, durante el partido de San Marcos de Arica y Unión La Calera, otro en el Estadio El Cobre del Salvador y un tercero cruzó el campo de juego en el Estadio de Punta Arenas, durante el encuentro de apertura del Campeonato Copa Chile, 2008. Mi hija Gina, llegó a la casa con la Ania, una cachorra samoyedo de la tercera camada de la Loba y el Oso. Dedicado a todos los callejeros, a las manos que les entregan cariño y especialmente a mi hija Gina, por su inmenso amor por los perros. Autor: Rubén Saavedra Vásquez Profesor de Estado


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